Y si los datos dicen otra cosa...
Desde que nació Gaspar el 1o. de Diciembre del 2006, que no he tenido tiempo ni ganas de publicar nada por acá. Varias veces me he cruzado, leyendo o viendo televisión, con temas que he dicho Seria interesante comentar esto en el blog pero, al final, las obligaciones de la casa (léase cocinar, lavar la ropa o cambiar pañales) o la flojera le han ganado a las intenciones.
Hasta hoy. Pero primero, permítanme una digresión.
Inicio de digresión
Me enteré que el inefable Adrián Longueira no sólo lee mi blog sino que me encontró feo (Adrián, cambié la foto del perfil por una especial para ti) y que no le gustó la calidad de lo que escribo porque seria "un amén de lo que dicen CNN o Bradanovic" (no encontré ninguna referencia a CNN en los 48 posts que componen este blog... en cuanto a Bradanovic, diría que son más las veces en que estamos en desacuerdo que al revés, pero en fin, no le vamos a pedir objetividad al crítico en cuestión) y que lo que escribo es "pobre, [para un] estudiante de Harvard"
Adrián, espero que este post, totalmente novedoso por cuanto es sobre un trabajo original mío que algunos profesores han considerado de calidad aceptable para Harvard, si sea de tu agrado...
Fin de digresión

Los principios en los cuales se basa la reforma educacional chilena llevada a cabo durante la dictadura militar son, a la vez, simples y aventurados: (i) Puesta a elegir, la gente siempre elige del modo correcto y (ii) Más opciones (y por ende, mas competencia) siempre mejoran la oferta de productos. En base a estos dos principios, incorporar ideas básicas de mercado al sistema educacional tiene mucho sentido: la gente privilegiaría con su elección a los mejores colegios y, permitir que nuevos colegios se creen y compitan con los existentes, presionaría a todos los colegios a mejorar y ofrecer mejor educación...
Pero para que esto funcione, tienen que ocurrir dos cosas: (i) Que los colegios efectivamente compitan por los alumnos y (ii) Que los padres elijan colegios en la dimensión correcta.
Milton Friedman, quien fue el proponente originario de esta idea "revolucionaria" propuso soluciones a ambos problemas: respecto a (i) que el financiamiento a los colegios (públicos o privados) sea proporcional al número de alumnos que estos logran atraer, de modo que existan incentivos a pelear por los alumnos y (ii) que se genere tanta información pública como sea posible respecto a la calidad de la educación que entregan estos colegios.
En Chile algo se ha hecho en ambas áreas: la subvención escolar es lo que se llama un "voucher implícito" en el sentido que es un monto de plata que se "mueve con el alumno" y que se entrega (directamente desde el Estado) al colegio que recibe a dicho alumno. Friedman, por supuesto, habría preferido que al apoderado se le entregara la plata y que este la gastara como mejor le pareciera (siendo una de muchas opciones educación para su retoño) pero hay poderosos argumentos en contra de hacer algo como eso (más sobre esto, con evidencia al respecto, en el próximo post). En cuánto al segundo punto, recién hace unos pocos años en Chile comenzó a hacerse público el resultado de la prueba SIMCE, la única medida, más o menos objetiva, de la calidad de la enseñanza en los colegios del país.
La reforma educacional chilena ha sido, desde el principio, atacada fuertemente por quienes fueron más afectados por ella: el colegio de profesores. Los docentes argumentan que el proceso de producción de educación es demasiado complejo para que los padres puedan entenderlo y que, por lo mismo, es imposible que estos puedan elegir bien un colegio. Más aún, argumentan, los colegios particulares (subvencionados o no, aunque sólo los primeros importan en este mono) siempre pueden seleccionar a sus alumnos y, al hacerlo, quedarse con la crema del mercado en el sentido de ser los alumnos más fáciles y más baratos de educar y mandar el resto al repositorio último: los colegios municipalizados. Si eso es cierto, entonces el sistema tiene el resultado de agrupar a los buenos alumnos por un lado y a los malos por otro (al respecto, es dudoso que ese resultado sea indeseable, hay un paper de Caroline Hoxby y Gretchen Weingarth al respecto que muestra que clases mas homogéneas son mejores para los alumnos, todo lo demás constante) aunque hay que notar que no es claro en qué dimensiones un alumno es bueno o malo (los profesores parecen insistir en que se trata de características socioeconómicas, siendo los alumnos pobres y/o en riesgo social los malos).
Así las cosas, hasta hace poco a nadie le quedaba mucha duda que el primer requisito se estaba cumpliendo en Chile: los colegios de verdad estaban compitiendo por los alumnos (si no fuera así, los profesores no alegarían). De lo que no se tenía evidencia alguna era de que las familias estuvieran eligiendo colegios en la dimensión correcta. En otras palabras: si la gente (demanda) no responde a la calidad de los colegios sino a otras características (como el nombre del colegio o el color de su corbata) entonces la competencia entre colegios va a privilegiar dichas características y no la que es relevante desde el punto de vista social. Más competencia podría afectar características espurias de los colegios y mantener la calidad de la educación estancada para siempre...
En un trabajo que junto a Francisco Gallego llevamos desarrollando desde hace un año (y que gracias al cielo está casi terminado), estimamos una demanda estructural por colegios usando un modelo de elección discreta con preferencias estocásticas y características de los colegios que no son observables (por los econometristas). Para ganar flexibilidad, nuestro modelo permite que las preferencias por las características de los colegios varíen con las características de la familia (por ejemplo, a familias más ricas puede importarles menos el costo del colegio, o familias más religiosas pueden preferir más colegios religiosos, o separados por género, etc.).
Usando una base de datos del SIMCE del año 2000, estimamos nuestro modelo con datos para la Región Metropolitana, lo que cubre unos 80,000 estudiantes de cuarto básico que asisten a más de 1,200 colegios distintos.
Nuestros resultados dan un apoyo parcial al reclamo de los profesores: efectivamente, los alumnos tienden a concentrarse en dimensiones socioeconómicas (los alumnos mas "ricos" o que tienen padres más educados, terminan en colegios donde los alumnos son, en promedio, mas "ricos" o donde los apoderados, en promedio, son más educados), pero esta concentración parece estar determinada por la demanda y no por la oferta (cuando eliminamos de la muestra los colegios que tienen procesos de selección, los resultados aún se mantienen: padres más educados prefieren colegios con apoderados más educados, etc.).
El más importante de nuestros resultados es, sin embargo, el que yo menos esperaba: los padres responden a la calidad de la educación (medida imperfectamente a través del SIMCE), más aún, la respuesta no es despreciable y los colegios reaccionan a esta respuesta en forma bastante impresionante: la demanda por un colegio "promedio" aumenta en 5 puntos porcentuales por cada desviación estándar que este colegio sube en el puntaje SIMCE. Más aún, por cada desviación estándar que aumenta esta elasticidad, los colegios reaccionan aumentando su SIMCE en 0.11 desviaciones estándar. Es decir, el proceso es auto-reforzante y los resultados no son menores (1 desviación estándar en el SIMCE corresponde grosso modo a un año completo de educación extra en el tópico cubierto).
Alguna vez, en este mismo blog, dije que mi admiración por Johannes Kepler viene del hecho que, cuando la evidencia contradijo sus preconcepciones el astrónomo alemán abandonó sus supuestos y prefirió creerle a los datos. Por mucho tiempo yo pensé que la reforma educacional chilena estaba condenada, precisamente, porque era muy difícil que los padres pudieran elegir eficientemente un producto tan complejo y tan lleno de posibles efectos externos como es un colegio. Bueno, en esta ocasión los datos parecen decir otra cosa... y a mí no me queda otra que creerle a los datos.
Hay muchos otros resultados interesantes de este estudio... pero esos los voy a comentar en el próximo post. Ojalá que no sea en tres meses más.
Hasta hoy. Pero primero, permítanme una digresión.
Inicio de digresión
Me enteré que el inefable Adrián Longueira no sólo lee mi blog sino que me encontró feo (Adrián, cambié la foto del perfil por una especial para ti) y que no le gustó la calidad de lo que escribo porque seria "un amén de lo que dicen CNN o Bradanovic" (no encontré ninguna referencia a CNN en los 48 posts que componen este blog... en cuanto a Bradanovic, diría que son más las veces en que estamos en desacuerdo que al revés, pero en fin, no le vamos a pedir objetividad al crítico en cuestión) y que lo que escribo es "pobre, [para un] estudiante de Harvard"
Adrián, espero que este post, totalmente novedoso por cuanto es sobre un trabajo original mío que algunos profesores han considerado de calidad aceptable para Harvard, si sea de tu agrado...
Fin de digresión
Los principios en los cuales se basa la reforma educacional chilena llevada a cabo durante la dictadura militar son, a la vez, simples y aventurados: (i) Puesta a elegir, la gente siempre elige del modo correcto y (ii) Más opciones (y por ende, mas competencia) siempre mejoran la oferta de productos. En base a estos dos principios, incorporar ideas básicas de mercado al sistema educacional tiene mucho sentido: la gente privilegiaría con su elección a los mejores colegios y, permitir que nuevos colegios se creen y compitan con los existentes, presionaría a todos los colegios a mejorar y ofrecer mejor educación...
Pero para que esto funcione, tienen que ocurrir dos cosas: (i) Que los colegios efectivamente compitan por los alumnos y (ii) Que los padres elijan colegios en la dimensión correcta.
Milton Friedman, quien fue el proponente originario de esta idea "revolucionaria" propuso soluciones a ambos problemas: respecto a (i) que el financiamiento a los colegios (públicos o privados) sea proporcional al número de alumnos que estos logran atraer, de modo que existan incentivos a pelear por los alumnos y (ii) que se genere tanta información pública como sea posible respecto a la calidad de la educación que entregan estos colegios.
En Chile algo se ha hecho en ambas áreas: la subvención escolar es lo que se llama un "voucher implícito" en el sentido que es un monto de plata que se "mueve con el alumno" y que se entrega (directamente desde el Estado) al colegio que recibe a dicho alumno. Friedman, por supuesto, habría preferido que al apoderado se le entregara la plata y que este la gastara como mejor le pareciera (siendo una de muchas opciones educación para su retoño) pero hay poderosos argumentos en contra de hacer algo como eso (más sobre esto, con evidencia al respecto, en el próximo post). En cuánto al segundo punto, recién hace unos pocos años en Chile comenzó a hacerse público el resultado de la prueba SIMCE, la única medida, más o menos objetiva, de la calidad de la enseñanza en los colegios del país.
La reforma educacional chilena ha sido, desde el principio, atacada fuertemente por quienes fueron más afectados por ella: el colegio de profesores. Los docentes argumentan que el proceso de producción de educación es demasiado complejo para que los padres puedan entenderlo y que, por lo mismo, es imposible que estos puedan elegir bien un colegio. Más aún, argumentan, los colegios particulares (subvencionados o no, aunque sólo los primeros importan en este mono) siempre pueden seleccionar a sus alumnos y, al hacerlo, quedarse con la crema del mercado en el sentido de ser los alumnos más fáciles y más baratos de educar y mandar el resto al repositorio último: los colegios municipalizados. Si eso es cierto, entonces el sistema tiene el resultado de agrupar a los buenos alumnos por un lado y a los malos por otro (al respecto, es dudoso que ese resultado sea indeseable, hay un paper de Caroline Hoxby y Gretchen Weingarth al respecto que muestra que clases mas homogéneas son mejores para los alumnos, todo lo demás constante) aunque hay que notar que no es claro en qué dimensiones un alumno es bueno o malo (los profesores parecen insistir en que se trata de características socioeconómicas, siendo los alumnos pobres y/o en riesgo social los malos).
Así las cosas, hasta hace poco a nadie le quedaba mucha duda que el primer requisito se estaba cumpliendo en Chile: los colegios de verdad estaban compitiendo por los alumnos (si no fuera así, los profesores no alegarían). De lo que no se tenía evidencia alguna era de que las familias estuvieran eligiendo colegios en la dimensión correcta. En otras palabras: si la gente (demanda) no responde a la calidad de los colegios sino a otras características (como el nombre del colegio o el color de su corbata) entonces la competencia entre colegios va a privilegiar dichas características y no la que es relevante desde el punto de vista social. Más competencia podría afectar características espurias de los colegios y mantener la calidad de la educación estancada para siempre...
En un trabajo que junto a Francisco Gallego llevamos desarrollando desde hace un año (y que gracias al cielo está casi terminado), estimamos una demanda estructural por colegios usando un modelo de elección discreta con preferencias estocásticas y características de los colegios que no son observables (por los econometristas). Para ganar flexibilidad, nuestro modelo permite que las preferencias por las características de los colegios varíen con las características de la familia (por ejemplo, a familias más ricas puede importarles menos el costo del colegio, o familias más religiosas pueden preferir más colegios religiosos, o separados por género, etc.).
Usando una base de datos del SIMCE del año 2000, estimamos nuestro modelo con datos para la Región Metropolitana, lo que cubre unos 80,000 estudiantes de cuarto básico que asisten a más de 1,200 colegios distintos.
Nuestros resultados dan un apoyo parcial al reclamo de los profesores: efectivamente, los alumnos tienden a concentrarse en dimensiones socioeconómicas (los alumnos mas "ricos" o que tienen padres más educados, terminan en colegios donde los alumnos son, en promedio, mas "ricos" o donde los apoderados, en promedio, son más educados), pero esta concentración parece estar determinada por la demanda y no por la oferta (cuando eliminamos de la muestra los colegios que tienen procesos de selección, los resultados aún se mantienen: padres más educados prefieren colegios con apoderados más educados, etc.).
El más importante de nuestros resultados es, sin embargo, el que yo menos esperaba: los padres responden a la calidad de la educación (medida imperfectamente a través del SIMCE), más aún, la respuesta no es despreciable y los colegios reaccionan a esta respuesta en forma bastante impresionante: la demanda por un colegio "promedio" aumenta en 5 puntos porcentuales por cada desviación estándar que este colegio sube en el puntaje SIMCE. Más aún, por cada desviación estándar que aumenta esta elasticidad, los colegios reaccionan aumentando su SIMCE en 0.11 desviaciones estándar. Es decir, el proceso es auto-reforzante y los resultados no son menores (1 desviación estándar en el SIMCE corresponde grosso modo a un año completo de educación extra en el tópico cubierto).
Alguna vez, en este mismo blog, dije que mi admiración por Johannes Kepler viene del hecho que, cuando la evidencia contradijo sus preconcepciones el astrónomo alemán abandonó sus supuestos y prefirió creerle a los datos. Por mucho tiempo yo pensé que la reforma educacional chilena estaba condenada, precisamente, porque era muy difícil que los padres pudieran elegir eficientemente un producto tan complejo y tan lleno de posibles efectos externos como es un colegio. Bueno, en esta ocasión los datos parecen decir otra cosa... y a mí no me queda otra que creerle a los datos.
Hay muchos otros resultados interesantes de este estudio... pero esos los voy a comentar en el próximo post. Ojalá que no sea en tres meses más.

1 Comments:
Muy interesante, esa correlación que dices se ve clara acá en Arica donde los colegios publicitan mucho cuando tienen buenos resultados SIMCE o PSU (este último parece ser el "producto final" más apetecido por los apoderados).
El liceo donde va el Tomás Jr. es el municipalizado de mejores resultados y tiene una altísima demanda, cuesta mucho entrar a primero medio y normalmente se requiere un pitutazo o venir de la escuela "República de Israel" que es también la municipal con mejores resultados.
Otros liceos, buenos a mi modo de ver pero sin grandes resultados PSU casi nunca llegan a comletar su matrícula y los malos ni hablar, solo subsisten gracias al Estatuto Docente y aumentan el hoyo municipal año a año. O sea la correlación captación de alumnos versus resultado PSU (o SIMCE en emnor medida) se ve claramente acá.
No se si tendrá que ver con el tema pero yo creo que la obligatoriedad de la educación secundaria es responsable de buena parte de los problemas de educación. Obligar a adolescentes a asistir a un lugar que odian es estúpido, dispendioso y totalitario; solo deberían estudiar los que están interesados, los liceos no pueden ser campos de concentración
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